lunes, 16 de febrero de 2015

Patoplastia de un naufragio


Hace tiempo que no escribo; no por falta de historias, no por falta de ganas. 
Es esta búsqueda, la mágica indagación de la palabra exacta: como en ese glosario de recursos de exploración psicopatológica que llevo diseñando mentalmente toda mi residencia. Los circuitos hipocámpicos no superan a una libreta de notas. Pero es que sigo buscando una con portada de mar u océano abismal ante los ojos de un pato de goma que intenta nadar. No puedo expresar entre tantas olas, en mares de dudas, entre naufragio y tempestad.

Hoy ha remansado. 

Estoy en la orilla -todavía húmeda- de la memoria, sacudiéndome las pompas de jabón de encima. Dicen que ya soy cuasiR3, pero realmente no sé casi nada. Mientras que en otras especialidades, los residentes parecen seguir una carretera interminable con muchos zigzags (¡pero una carretera!), yo no me equivocaba cuando en la primera semana de residencia, imaginaba que la Psiquiatría es una especie de mar de dudas.

Y esto es lo que me gusta: los quebraderos de cabeza, la hipoteticidad, el asombro ante lo desconocido, sentirme descolocada, cuestionar a diario si la verdad es verdad. 

Lo único malo de los océanos perdidos es que el horizonte rara vez se vislumbra, y el sentido de la orientación se diluye según avanzas. Hay días en que la Psicofarmacología me envuelve y me abraza (¡la polaridad del litio!, ¡a estudiar el Stahl sin parar!, ¡voy a receter la mayor evidencia científica!) pero estos arrebatos de euforia neurobiológica se me hacen trizas cuando alguien más experimentado que yo opina de manera distinta sobre la opción terapéutica en un paciente al que vamos a tratar. Y luego resulta que, por más que las guías -muchas veces ambivalentes- recomienden otra cosa, al paciente efectivamente le funciona ésta.
En otras ocasiones me dejo llevar más por la Psicodinámica, y me planteo formarme en Psicoterapias (¿dónde, cuándo, cómo, cuánto cuesta? Mejor dejar de dormir para poder abarcar). Vuelvo a darme de bruces tras alguna charla de orientación psicológica. 

En fin, que voy tomando un poco de todo, es lo que me parece más sensato. Dejando la mente abierta y la observación aguda: creo que estoy aprendiendo, aunque no es tan fácil medirlo. Frente a pacientes, tengo más soltura y creo que voy avanzando en cuanto a traducción de la idea a la palabra. Siento que donde más patino es en Psicofarmacología: lo confieso, no me aclaro, y cuanto más estudio... más dudas. Me genera inseguridad ya que prescribo todos los días. Otros residentes parecen moverse en esta misma línea.

Y por otra parte, necesito naufragar menos, arrastrándome pasivamente entre pensamientos ajenos. El trato con pacientes psiquiátricos me ha ido mellando: a veces parece una batalla perdida, entre el estigma y la falta de recursos que dar; entre el aislamiento y la ruina; entre la duda y la rutina. 

Al llegar a casa, sólo queda escuchar música, perder la vista por la ventana -y pensar que a lo mejor realmente ayudas-.


miércoles, 9 de julio de 2014

Horses, horses, horses


A veces pienso que los pacientes psiquiátricos, para muchos, no son seres humanos. Reconocen que son personas como cualquiera pero en las distancias cortas rebosan incomodidad, y por desgracia afloran los comentarios despectivos hasta en las cafeterías hospitalarias.

Es cierto que algunas patologías viven -por así decirlo- en una realidad distinta a la global (¿cuál es la realidad objetiva?) pero eso no justifica que se hable de ellos como si fueran bestias o amebas.

Y es que, aunque parezca de broma, en líneas generales se les encuadra en las viejas categorías del chiste que dice "locos de cojones, toca-cojones y acojonados". Mis pacientes o bien son caraduras, finge-síntomas y seres que viven "sin hacer nada de provecho", o bien se les ve como a auténticos locos de atar a los que hay que tener miedo o incluso mejor apartarlos e ignorarlos del todo, o bien son seres inferiores; algo así como inútiles e ineptos, incapaces de "echarle narices a la vida", quejicas, amedrentados, lastimeros.

-"Oiga, que yo también tuve muchos problemas en la vida, y tire p'alante. Y nunca necesité de psiquiatras ni de pastillas." Desde luego tiene mérito el mero hecho de enfrentarse a la vida y a sus mierdas, pero ¿qué instrumentos tiene cada uno para lidiar con el día a día? No hay listos ni tontos, gente que tiene fuerzas y otros de pacotilla; entendemos poco de la mente y del comportamiento humano, pero lo que queda claro es que hay un entramado de factores bastante complejo.

Por eso el otro día, cuando me despertaron pasadas las tres de la mañana para ver a un paciente "perturbado, pero fatal, como una maraca" creo que no fui demasiado amable al otro lado del busca. Yo también hice guardias de puerta y llamé a especialistas, jamás dije que tenía a un "cardíaco de mierda" o a un paciente "que tose y me da arcadas." Porque eso parece ser lo que subyace a veces a los comentarios de otros colegas; el desprecio, el asco incluso.
Mis pacientes, que pueden llegar a Urgencias intoxicados, con los brazos llenos de cortes, deteriorados por sus trastornos psicóticos y sus tratamientos, con atuendos extravagantes y sucios, con abandono del aseo... mis pacientes, visto así, no son los más apetecibles del mundo. Pero que yo sepa trabajar con enfermos nunca se caracterizó por rodearse de cuerpos bonitos y situaciones de ensueño.

Por favor, sólo pido el mismo respeto que para cualquier otro paciente. No hay por qué pasar miedo, los psiquiatras siempre andamos merodeando por Urgencias y revisando la lista de entradas; en cuanto aparece un nombre conocido que viene por descompensación psicopatológica, muchas veces ya vamos nosotros al box sin llamarnos. Hay personal de seguridad, hay medicación para contener cuando se precisa. No estáis solos con los pacientes psiquiátricos en una jungla (aunque creo de verdad que no sería peor que estar con gente cualquiera. En lo que llevo de residencia no he tenido percances serios; como mucho un par de situaciones delicadas.)
Me gustaría que los médicos que atienden a mis enfermos me dijesen lo que ocurre sin jactancia y que me comentasen, como se hace con cualquier patología, cuáles son los diagnósticos y tratamientos de esa persona. Por no hablar de constantear y explorar, o derivar de manera directa a Psiquiatría si el motivo de consulta es rectorragia.

Y mi paciente de las tres y media de la mañana, diagnosticado de retraso mental y trastorno límite de la personalidad, venía por preocupaciones obsesivoides y alteraciones conductuales en casa -como tantas otras veces ya-. Discutió con sus padres, se pusó alteradísimo y no conseguían que se durmiese ni que estuviese adecuado. Había visto en la tele un programa donde rapaban a los caballos para una feria y no podía quitarse de la cabeza una imagen en la que les recortaban las orejas.

"¡Hacen mucho daño a los animales!", gritaba.

Parece ser que gente sin patología psiquiátrica maltrata a los animales, alaba las corridas de toros y otras fiestas populares de dudosa inocuidad. Mi paciente no lo haría, por más que se suponga que es un atraso social y una persona "perturbada."

Habrá que replantearse algunas cosas.




 


[...] started crashing his head against the locker,
started laughing hysterically
.
When suddenly Johnny gets the feeling he's being surrounded by
horses, horses, horses, horses [...]
-Patti Smith-

domingo, 6 de julio de 2014

Si yo fuera John Nash (pero soy Julián)


Creo que es lo bonito de esto; ver la vida pasar. Lo cotidiano y la diversidad de historias.
Rotar en la USM (Unidad de Salud Mental) es ser una mezcla entre médico de familia y trabajador social; o así pintan las cosas estos primeros días. Es "hacer Psiquiatría de Twitter", como dijo un adjunto en el café el otro día; realmente no hay tiempo para escribir los cursos clínicos con tranquilidad. Por no haber, no hay casi tiempo para hablar con calma. Ni para consultar mucho las dudas.

Yo me siento en el despacho y al otro lado van pasando diferentes historias, algunas peculiares y otras que podrían ser la mía. Hay gente enfadada, agradecida, triste, eufórica, derrotada, renacida, cansada de esperar o encantada de que la atiendas.
La carga asistencial es potente y la variedad de diagnósticos y fármacos que se manejan es bastante mayor que en la Unidad de Hospitalización de Agudos. Muchas reacciones de duelo (readaptaciones tras la muerte de un ser querido), muchos trastornos adaptativos (maneras de afrontar los problemas), mucha depresión y ansiedad. Y luego, muchos pacientes con esquizofrenia y trastorno bipolar que vienen a revisar su evolución y tratamiento, o a hacerse niveles de algunos fármacos. De vez en cuando un paciente con trastorno de la personalidad, del tipo que sea, con quien tienes que escuchar y mostrar mucha calma. Ése es el punto clave; aprender no sólo Psiquiatría, sino una infinita dosis de paciencia y el cómo mantener la empatía muy viva sin acabar derrotada. De nuevo, como dijo el mismo adjunto en su día; "nunca des tu camello, guárdatelo o acabarás perdido en un desierto."
Y qué razón tenía.

Las consultas van pasando y vas solucionando, más o menos, las necesidades y demandas de cada persona. Hay cosas que necesitan cinco minutos y otras que necesitan una hora, y la lista de pacientes siempre parece interminable; por no hablar de ese momento en que te asomas a la sala de espera y ves que no cabe ni un alma.
De vez en cuando, un paciente te resulta algo insólito, extremadamente particular, novelesco incluso. Ese paciente que te comenta que está viendo mucho cine "mi terapia para no tomar demasiada Zyprexa" y que lee "al tomar menos Zyprexa me concentro más".
Tienes cinco minutillos extras y le preguntas qué está viendo últimamente o qué novelas le gustan. Esta semana ha visto "Una menta maravillosa" y te explica que se sintió identificado con Nash; "hace años incluso le ví en una conferencia, y le dije ¡yo también tengo esquizofrenia! No me entendió ni papa claro, pero sonrió todo amable. Creo que la Zyprexa le sienta de maravilla."





lunes, 23 de junio de 2014

La tienda de la felicidad (o qué esperar del rotatorio en USM que se acerca.)

Cuando estudiaba Medicina quería ser psiquiatra. Pero realmente, ¿qué sabía de Psiquiatría?
Roté en una Unidad de Agudos durante un total de mes y medio, y estuve un mes en una USM donde había un programa de Rehabilitación Psicosocial (al que sólo fuí un día.)

Recuerdo mi mes de verano en la Unidad de Salud Mental del centro de la ciudad como algo interminable, tedioso, rutinario, rara vez motivador. Una sucesión inagotable de "problemas de la vida" que me decepcionaron bastante. Yo quería ver psicosis agudas, zambullirme en esas entrevistas psiquiátricas complejas y cargadas de psicopatología gravísima. Me arrepentí mucho de no haber vuelto a escoger prácticas de verano en hospitalización psiquiátrica. Quise hacer apología de "Más Platón y menos Prozac", un libro que tenían mis padres en la estantería de la salita. Y es que en el despacho de la USM me veía como en una especie de "tienda de la felicidad" adonde la gente acudía pidiendo un empleo, una pareja, la resurrección de un familiar, una cura milagrosa para alguna enfermedad. Yo sentía que no podía hacer nada, que la cura para esos males no son las pastillas -que muchos demandaban con insistencia- y al llegar a casa aborrecía volver a madrugar para pasar una mañana tan repetitiva.

Cuando escribo esto intento ser brutalmente sincera, pero a la vez me siento bastante poco empática. Plasmo las cosas tal y como las sentía hace no tanto (2 años) para intentar ver diferencias. Y creo que he suavizado bastante durante lo que llevo de residencia, porque esas consultas ya no me parecen una nimiedad ni algo que "es para psicólogos, no para psiquiatras." Porque la verdad es que me gusta la Psicología.

Y ahora, recién R2, se avecinan 4 meses en una USM. ¿Qué esperar?
Mis residentes mayores me dicen que es una rotación importantísima, que voy a aprender muchas cosas necesarias y que poder seguir a los pacientes y verlos tanto estabilizados como iniciando una descompensación, es un trabajo que llena. Y yo misma siento que cojeo demasiado en el manejo de muchos fármacos, por no hablar de un abordaje más psicológico para problemas psiquiátricos (nota mental: ¡no todo son psicóticos!) muy frecuentes y también muy limitantes.

En fin, que nunca pensé que lo diría pero quiero rotar en una Unidad de Salud Mental.
Y a lo mejor incluso puedo repartir un poco de felicidad a alguna persona.

Electro-Shock Blues

Mañana azul en el despacho; primero el azul grisáceo del cielo, luego el azul turquesa por destellos, mediodía azul marino. 

Estaba leyendo el libro de Mark Oliver Everett (Eels) y me dije; -"es el tipo de tío que sabría cómo conversar en un sitio como este." Su libro les iba a gustar mucho a mis pacientes, pero no sé hasta qué punto estoy autorizada a hacer sugerencias literarias más allá de los libretos educativos sobre esquizofrenia. En la portada siempre hay familias de la mano, sonrientes; me parece una hipocresía. Una crueldad.

Un día me fijé en que el folleto que adjuntan con el consentimiento informado para Terapia Electroconvulsiva tiene un par de referencias literarias. Me las apunté en la libreta, por ver qué estamos recomendando a las familias. Nunca sé qué decirles sobre la TEC "funciona... es segura...", y tiene que ser un shock emocional bastante importante saber que a tu pariente le van a dar descargas eléctricas.

Everett, que tuvo una hermana con varios ingresos en Psiquiatría, escribe;

"Una de las cosas que un poco habían ayudado a Liz durante algún tiempo fue la terapia de electroshock. Arrastra el estigma del pasado, pero imagino que la versión moderna del tratamiento sí ayuda a algunas personas: sé que a ella le vino muy bien, por lo menos durante una temporada"




Pero, espera un momento...
No os creáis que los psiquiatras vivimos así, tan de puta madre que podemos pasarnos mañanas de brazos y piernas cruzadas, leyendo novelas y mirando al mar. Pero hay días en que la planta se cuasi-vacía, días en que ya terminé los informes a primera hora, días en los que las familias de mis pacientes parecen ser todas sospechosamente encantadoras (y todo, además, se soluciona con entrevistas cortas.)
Bueno, seré sincera y diré que esto tampoco es la UCI o una planta de Medicina Interna. Las cosas van más pausadas. Desde mi punto de vista se pierde en desgaste emocional lo que se gana en desgaste físico, tanto en el día a día como en las guardias.

Ahí seguía yo; mirando por la ventana, leyendo con el sol dándome en la cara, echando un ojo mientras los pacientes paseaban fuera. Hoy le dejamos a P. salir a pasear; hace 15 días que se salvó por un pelo de ahorcarse con el collar del perro y ahora ha vuelto a consumir de todo. Pero el fin de semana lo pasó tranquilo, hoy en consulta parecía otro, incluso sonrió.
Bajó a pasear y de repente le veo correr como un galgo, bordeando la verja y entre los árboles del final del recinto. Saltó como si tuviese veinte años menos; la mitad de los pacientes tenían miedo y la otra mitad aplaudían entusiasmadísimos. Pensé que estaba en medio de "Alguien voló sobre el nido del cuco", de "K-Pax" o de alguna otra película distópica sobre esta profesión que tanto ha alimentado la creatividad y la fantasía.

"Busca tu pájaro azul, P. ¡Salta!"

Me puse bastante nerviosa pensando en que lo próximo que vería de P. sería un cadáver estampado contra el suelo en la pasarela más cercana. Porque si P. no está muerto ya, no es por otra cosa que una especie de suerte misteriosa que le hace tener muchas más de siete vidas. Entre la esquizofrenia y la toxicomanía, con la muerte de su padre (su mejor amigo y la única persona que le comprendía) a cuestas. Hace dos meses que la vida "ya no es vida" y dice mi adjunto -y si lo dice no se equivoca- que es la crónica de una muerte anunciada.

A la media hora volvió P., lo trajo la policía. Cruzamos miradas y sé que no fingió para bajar a pasear. 

En el folleto sobre esquizofrenia otro paciente dibujaba un corte de manga. "Esquizofrenia, eres una puta."
  


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Feeling scared today
Write down "I am OK"
A hundred times the doctors say
I am OK
I am OK
I'm not OK

Skin is crawling off
Mopping the sweaty drops
Sticking around for this shit
Another day
Another day
Not another day

Pink pills feels good
Finally understood
Take me in your warm embrace
I am trying
I am trying

domingo, 15 de junio de 2014

El vals de los monstruos.



A mitad del pasillo de la planta de Psiquiatría hay un sillón.

Casi siempre hay algún paciente allí sentado; mirando al techo, cabizbajo, mirando hacia todos lados. Con soliloquios temerosos o soliloquios que le hacen reirse solo. El paciente más hiperactivo, el más sedado, el más residual, o el que cree ser el rey del mundo.

El sillón ya va siendo viejo. Es gris, muy desgastado, tiene maniatas por si se necesita contención. Está frente al control de enfermería para que sea más fácil echar un ojo.

Anoche estaba vacío. Me senté yo; aprovechando un momento en el que las enfermeras estaban acomodando al nuevo ingreso, y cuando ya era tan tarde que los demás pacientes estaban dormidos. Me coloqué los cascos y puse música en modo aleatorio, me quedé mirando el pasillo... llevo ya seis meses en este sitio.

Un sitio que es un mundo pararelo.

Como dicen que ocurre antes de irse para siempre, ví delante de mí tantas imágenes de estos meses; porque entierro una primera etapa de la vida como residente, el primer contacto con mis pacientes. Escuchaba "La valse del monstres" y fue como si esas imágenes bailaran muy rápido en mi cabeza, a la vez que los enfermos bailaban -a veces de manera figurada, otras de manera literal- a lo largo del pasillo de la planta de Psiquiatría.

Si las emociones que se viven dentro de este sitio se materializasen de algún modo, romperían como en avalancha ese dique que es una puerta blindada. Y es que el tratamiento psiquiátrico durante siglos fue sencillamente esto; aislarlos del mundo, esconderlos. Ponerles muros moralistas o de ladrillo. Pero no se puede ignorar la realidad; hubo tiempos sin psiquiatras, todavía hay culturas sin ellos, aún así lo que siempre ha habido ha sido "locos." Este sitio también es parte del mundo.

Con una corona de cartulina roja paseaba un paciente "para burlarse de su enfermedad". Otro se escondía a gritos porque pensaba que íbamos a matarlo. Tantos ingresos que llegan muertos de miedo, que recorren este pasillo como si caminaran hacia una muerte sin remedio. Familias que saludan a los enfermos desde el otro lado de la puerta blindada, a través de las líneas de claridad, buscándolos por un pasillo que se les hace infinito. El enfermo agitado y agresivo hacia la habitación de contención. El profeta, los miles de Jesucristos y salvadores del mundo, el "médico-físico-químico-abogado-almirante de navegación." Las carreras por el pasillo y los bailes desenfrenados de los maníacos. La paciente que caminaba todo el día imitando a una modelo, como si fuese una pasarela y no un pasillo. Los coros, los dúos, los aplausos. También las peleas y los lloros. El paciente que me sigue rogándome que no delate lo que le dicen las voces, que escapa de mí porque cree que soy parte de un complot de matarifes, el que me sigue para pedirme matrimonio y el que me sigue para pedirme un cigarrillo. Pasos a toda mecha, otros inhibidos y casi catatónicos.

Y pese a todo, salir por este mismo pasillo siendo otro. Ellos se van mejor de lo que vinieron; a veces infinitamente mejor, otras veces renovados, otras un poco aliviados, a veces sin muchos cambios.

Yo tampoco saldré igual que entré en el mes de enero.

jueves, 12 de junio de 2014

Las desventuras del MIRquiatra

Esta es una actualización terapéutica; que me dejen patalear, gritar entre líneas.


Y eso que empezaré diciendo que durante este año de R1 nunca me he visto haciendo otra especialidad que no sea Psiquiatría. He rotado en otros servicios, he conocido a compañeros de todos los palos; pero creo que no hay nada comparable a exponerse a las tormentas del cerebro-entorno. Sentarse en una consulta a escuchar a personas con visiones reales o dismórficas, hiper o hipotrofiadas de la realidad es un ejercicio que va mucha más allá de todo lo que uno puede estudiar en una facultad de Medicina. La Psiquiatría es mucho más interesante, gratificante, útil y avanzada de lo que pensaba; prácticamente todos los pacientes mejoran y en la mayoría de los casos llegamos a entender, aunque sea sólo un poco, qué es lo que les está pasando. Pero no nos desviemos del tema; otro día escribiré sobre la felicidad del MIRquiatra. Hoy lo que toca son las desventuras.

Cuando uno coge su ensoñada plaza de MIRquiatra, y más aún si lleva años divagando sobre hacer Psiquiatría, espera que por fin se abra un minicamino de rosas. No lo espera abiertamente, porque en el fondo de su ser entiende que no tiene fundamento pensar tal cosa, pero la esperanza que tiene es un poco esa. Ha estudiado seis años infumables de una carrera que le ha gustado más bien a medias y en la que se han encargado de hacerle pensar que es una mierda. Cuando por fin tiene en mano la licenciatura, se encierra a estudiar un examen de memorización bestial, para el que nuevamente, pocos contenidos le gustan. Sobra decir que durante todo este tiempo la Psiquiatría es vista como una especie de tontería pseudofilosófica que hace más daño que beneficio, y tampoco hay que dedicarle mucho tiempo. La Psiquiatría de la carrera suele ser una asignatura de esas que se aprueban muy a la ligera, para las que casi nadie estudia en serio, y donde los contenidos se explican de una manera que ridiculiza bastante la labor real del psiquiatra. En el MIR hay un puñado de preguntas sencillas que no ahondan para nada en lo que el futuro MIRquiatra quiere; filosofar, neurociencear, humanizar.

Digamos que con este bagaje, y habiendo escuchado de antemano que su decisión de escoger Psiquiatría ("pero hombre, ¡si con tu número podías haber hecho otra cosa!") va a ser vista como prueba irrefutable de su propia locura... con este bagaje el MIRquiatra tendría que llegar preparado para todas.

Cuando yo era estudiante de Medicina, roté en un Servicio de Cirugía General. Aquellas mañanas se me hacían muy largas. Un día uno de los cirujanos nos preguntó qué planes teníamos para la especialidad; cuando dije que iba a hacer Psiquiatría me soltó un mediosermón sobre la pérdida de tiempo que suponía estudiar una carrera "tan jodida" y acto seguido "tirarla por la basura haciendo de psicólogo con unos cuantos majaras." Llegó otro cirujano, éste más comedido, y dijo que entendía que no me gustase la cirugía... pero que siempre podía hacer una especialidad médica (me sugirió Medicina Interna).

El caso es que durante la residencia las cosas siguen un poco en esa línea; el psiquiatra es visto por muchos colegas médicos como un bicho raro. Y sus pacientes, como cabe pensar, son vistos como seres peligrosos de los que más vale estar lejos.
El MIRquiatra llega a su Servicio de Psiquiatría y se topa con unos pacientes inofensivos en su mayor parte, o más dañinos para sí mismos de lo que podrían serlo para ningún otro. Les coge cariño, se ríe y llora con ellos, los entrevista durante horas y luego repasa sus palabras, aprende poco a poco a traducirlo al lenguaje de la psicopatología y a tratar su enfermedad. Pero resulta que cuando esos pacientes psiquiátricos (uno de los peores apellidos que pueden tener en su historial clínico) necesita de los cuidados de otros médicos, éstos llegan incluso a escribir anotaciones que el MIRquiatra sabe que se han manipulado. Porque un paciente deprimido e inhibido rara vez puede ser tan amenazante que no puedas acercarte a explorarle el abdomen, por ejemplo (menos aún si sabes que tiene una fiebre de 39ºC, Insuficiencia renal estadío V, todos los factores de riesgo cardiovascular conocidos e Insuficiencia hepática.) Y ahí es donde el MIRquiatra tiene que perseguir a dichos médicos, incluso en casos muy graves, para evitar que el paciente se muera de una infección delante de sus morros.
Hay excepciones y he visto el respeto de muchos compañeros por mi trabajo, pero me avergüenza y me apena esta lucha constante para que mis enfermos sean tratados como cualquier otro.

El MIRquiatra introvertido aprenderá durante su año de R1 que 24h en contacto directo con otras personas le agota y le vuelve un poco huraño. Las guardias siempre son complicadas, pero más aún si necesitas tiempo en soledad.

Otras desventuras serán el nepotismo, la precariedad laboral y el paro que ve en residentes mayores a su alrededor, el constante bombardeo de la industria farmacéutica (con sus grandes eventos para altos cargos por un lado, y su pasotismo a la hora de invertir en otros campos), el estancamiento de la investigación, el tedio de las tesis doctorales y otros requisitos académicos (que el MIRquiatra imaginaba como interesantísimos), el enfrentamiento entre adjuntos, la dicotomía categorial biología-psicoterapia (que no acabo de encontrar encarnada con racionalidad en ningún psiquiatra), el mundo paralelo de la Psiquiatría privada, la necesidad de perseguir adjuntos para que corrijan o asesoren tus actos, las familias hiperdemandantes y muchos momentos con la moral por los suelos.

En los gajes del oficio, el MIRquiatra no tenía ni pajolera idea de lo que es entrevistar a un paciente con trastorno de la personalidad a las 5 de la mañana. Que las formas de querer matarse son casi infinitas; hay mucha gente que quiere matarse para hacer daño a otra persona, o porque necesita ser un enfermo, o porque funciona en modo cortocircuito.
Esos pacientes que los propios psiquiatras llaman "trastornazo de...", "psicopatón", "limitón" y otros epítetos tan descriptivos como esos. Pacientes que te hacen hasta leer libros de Psicoterapias raras, a ver si se aparece el milagro y encuentras manera de manejar una entrevista y de sentir que has ayudado mínimamente a que mejoren en algo.

Hay días agotadores. Hay días que cierro los ojos y sólo veo pacientes persiguiéndome por el pasillo, politoxicómanos que intentan chantajearme para conseguir algo con el adjunto, voces y gritos. Y esas familias que creen que soy "la chica", "la secretaria" y que debido a mi edad y a mi sexo ni siquiera merezco su respeto. Qué asco de sociedad y qué atraso. Las pilas de informes que redacto, el sentimiento de no saber si preguntar o no; si no pregunto soy una pasota, si pregunto probablemente pregunte tonterías que alguien se acuerde de recordarme que demuestran que no sé nada. La necesidad de estudiar mucho y no saber por dónde empezar; como si me hubiesen tirado en un océano. El robo de tanta ilusión que tenía volcada en esta especialidad, por culpa del tedio y de malos momentos que me hacen darle demasiadas vueltas al coco. Sentirme una gilipollas por no afrontar que la vida real es así y que esperar más es una fantasía. El cansancio, el no dormir y el dormir mal. Los pacientes para los que nunca seré su médico, a pesar de hablar con ellos a diario, porque la aparición del adjunto es como una visión estelar que me convierte inmediatamente en su secretaria o en su enfermera. Creo que estaría mejor en un trabajo que no me exponga constantemente a las miserias de los demás, que no demande de mi empatía continua y de gran parte de mis energías emocionales.

Son cosas que pienso cuando estoy hasta arriba, ya dije que sería una entrada terapéutica.
A veces hay que reventar.