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domingo, 23 de febrero de 2014

El descarrilamiento; psiquiatra a bordo.

El otro día estaba hablando con Ana, una paciente.
Tiene más o menos mi edad. Pregunta cuánto falta para que nos inunde el mar.


Quiere saber cómo es nuestra esperanza de vida. Por momentos se levanta de la silla, llora desconsolada, me pide que deje de envenenarla. Y luego me abraza, me sonríe, me pide 'más líquido azul' (Rivotril en gotas) 'para estabilizar la cabeza.'
Los primeros días comía a puñados, cogiendo comida de los platos de otros pacientes y escondiéndola en los bolsillos. Después de aquello llegó la angustia, 'los pinchazos por el cráneo', 'el ojo vacío', el miedo de todo y de todos. Escondida en la habitación, 'para que no la matemos'. Los gritos, los temblores, los abismos que nos separaban de ella a años luz de distancia. La impotencia, el sentarse a observar lo desconocido. El descarrilamiento del pensamiento y la vida que descarrila sin freno.
Psiquiatra a bordo.

Según tengo entendido Ana está diagnosticada de Trastorno límite de la personalidad, dismorfofobia y 'Trema de Conrad' (aún no he leído 'La esquizofrenia incipiente', no consigo leer todo lo que debiera.) Mi adjunto creía recordar que a la trema le sigue una fase 'cataclísmica'. Consultando el índice veo que es 'apocalíptica.' Es igual, es un drama. No es otra cosa que esa 'ruptura biográfica' de la que habla toda la psiquiatría clásica para separar proceso de desarrollo; psicosis de neurosis. La esquizofrenia.

Ana, al igual que pasó con Alberto, con Ángel, con Rubén y con muchos otros pacientes a los que voy viendo cambiar, nos dice que todo es distinto. Que se mira al espejo y es otra persona, que el mundo se está deformando, que los significados son misteriosos y juegan a engañarnos, que cambian los sabores y olores de las cosas. Que algo va a pasar. Y la vida no va a ser jamás la misma.

'El trabajo delirante', 'la mecánica interpretativa del delirio primario, único delirio realmente esquizofrénico', 'la sistemática delirante del psicótico.' Me enfado leyendo a Jaspers y a los automatistas; se supone que esa fase trémica donde todo es misterioso va a seguirse de un éxtasis psicótico donde todo cobra sentido, donde aparece 'por fin' el delirio y lo explica todo, 'la euforia de comprenderlo'. Lo que acabamos viendo es el embotamiento. La esquizofrenia es aplanamiento afectivo, angustia y miedo por el contenido del delirio, suspicacia, ansiedad y aislamiento.
Y, como siempre, un psiquiatra que más que reconducir el descarrilamiento, tiene que ver el tren hecho pedazos. Para buscar luego las piezas esparcidas por todo el suelo e intentar ayudar a construir un tren nuevo. Aunque sea un tren pequeñito y destartalado; un tren que vaya caminando.

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Abrir la puerta (blindada) a este mundo paralelo y sus múltiples descarrilamientos tiene bastante de peculiar. Un mundo donde muchas familias no entienden o se niegan a aceptar la enfermedad mental. Donde las conversaciones que constituyen tu día a día a otros les parecerían de película.
El otro día en urgencias fuí a pedirle a la enfermera que pinchase una Zyprexa a una paciente. Me contestó; 'lo que hay que darle es una hostia.'
Y no deja de sorprenderme... si tanta gente cree que la enfermedad mental no existe o se mitiga a base de castigo corporal y reprimenda, me pregunto por qué siglos y siglos de tortura física vividos por nuestros pacientes no ayudaron en nada. Creo que habría que distribuir un manual de historia de la Psiquiatría; la gente se haría una idea muy gráfica y creo que les gustarían las anécdotas.

Por favor, un poco de empatía y de conciencia. Soy psiquiatra, soy médico, trato a enfermos. Y, aunque sabemos poco de esa masa encefálica que todos llevamos dentro del cráneo, sabemos lo suficiente para estar seguros de que puede enfermar. De una manera similar a como enferma cualquier órgano. Aunque, como les explica mi adjunto a los pacientes; 'si te fastidias la mano, el cerebro que es tu centralita te va a decir que te duele la mano. Cuando el cerebro es lo que falla, no puede avisar.'

Y es que otros médicos tratan enfermedades del pulmón, del corazón o de cualquier órgano, diagnosticando si hay o no daño en base a parámetros tangibles y a resultados objetivos. Nosotros nos centramos en si hay o no desconexión de la realidad. Qué curioso.
Trabajo en una planta donde nadie o casi nadie cree estar enfermo; mientras un internista se enfrenta a pacientes quejosos de sus males, mis pacientes se quejan de que yo les esté tratando. A algunos, como pasa con los maníacos (fase eufórica del trastorno bipolar, para entendernos), tengo incluso que 'entristecerlos' un poco; viven en euforia y con mis tratamientos los deprimo. ¿Qué es peor, ir desnudo por la calle regalando billetes por doquier o la vuelta al mundo real con sus tejemanejes?
Esto de la Psiquiatría es de traca. 'Los psiquiatras estáis locos'.
Yo qué sé, algo habrá de eso...
Lo único que sé seguro es que el día a día de esta profesión te da material abundante con el que rebanarte los sesos.



[ Grab your ticket and your suitcase,
thunder's rolling down this track...]

miércoles, 30 de octubre de 2013

La isla de la Psiquiatría.

 
Que no, que ya no es la dopamina, psiquiatroblasto.
Que ahora es el glutamato, la hipoactividad del NMDA, las neuronas 'candelabro'. Que tienes que admitirlo; lidias con masas encefálicas sometidas a influjos todavía difusos. Y estás perdido.
Más perdido que gusano en manzana de plástico.
 
Te subiste a tu Beagle personal, rumbo a las Galápagos de la Psiquiatría, y ahora vas a ir evolucionando... quién sabe si tu metamorfosis culminará en mariposa o en amago larvario. Pero eso sí, empiezas como el macaco más primitivo.
Con tu libro de Psicofarmacología en una mano (¡las maravillas del mundo científico, el intrincado receptor!) y tu manual de Psicopatología en el otro extremo (¡qué filosófico, qué metafísico, cuánto trabalenguas por párrafo!) La balanza perfecta entre ciencias médicas y humanistas que siempre habías soñado. Si no fuera porque no sabes nada, pero nada de nada, todo sería perfecto.
 
En la universidad, la Psiquiatría es una 'María'; por lo general tiene menos créditos que otras troncales, la materia es poco densa porque como de tantos temas no hay conclusiones claras, es probable que tu profesor se limite a dar cuatro conceptos básicos. Sufrirás la Cardiología, la Neumología, los entresijos del Aparato Digestivo, la Hematología... sufrirás cualquier cosa, pero raro será que la Psiquiatría te saque canas. Y no te preocupes porque en el MIR, en las preguntas de Psiquiatría encontrarás cobijo; siempre preguntan lo mismo, siempre casos clínicos donde los síntomas son claros, siempre los mismos tratamientos.
 
'No sé nada del TDAH, ¡metilfenidato a todos!'
 
No hay tiempo a divagar, no hay tiempo para ponerse filosófico, y el peso de la enfermedad mental en tu formación como médico va a ser pequeñito. Encontrarás, incluso, que muchos médicos siguen despreciando todo lo psiquiátrico; los cirujanos se reían en mis prácticas de 6º porque dije que quería ser el psiquiatroblasto que hoy soy. Congratularon a los futuros '-Ólogos'.
 
Y ahora, mientras te explican el papel del núcleo accumbens en el TOC, un paciente grita de fondo. Esta es la planta, tu planta de Psiquiatría; Bienvenido. Aquí a los pacientes hay que acompañarlos a hacerse un scanner para estadiar su tumor; el psicótico de la mano del psiquiatra, agarrándole fuerte porque tiene miedo. Y cuando tiene miedo grita... grita mucho y se golpea contra los muros. El scanner es la nave espacial que le distancia del mundo.
Esta es la planta de los rechazados, los olvidados, los incomprendidos, los peligrosos, los raros, los locos.
 
El embarque hacia esta isla, siempre separada del resto, es tormentoso.
 No puedo decir que no me lo advirtieron.
 
 
 
 
 
 

lunes, 21 de octubre de 2013

Historia de la psicosis (III)

Renacimiento
 
 
El Renacimiento empieza con visiones contrapuestas sobre la etiología de la enfermedad mental: la primera basada en la idea medieval de posesión (tanto diabólica como divina), y la segunda centrada en el contenido médico-científico de la locura.
 
Se publican obras como 'De Praestigius Daemonium' (J.Wéyer) en el que se recomienda tratar a hechiceros y a posesos, si bien se habla de un tratamiento médico inicial, que sólo debe tornarse en sacerdotal si el enfermo no respondiera.
 
Paracelso será el principal oponente del Galenismo, y Platter publica su 'Praxis Médica'.
 
Pero lo más importante del Renacimiento serán las nuevas teorías sobre la enfermedad mental; la Iatroquímica y la Iatromecánica (basadas en las ideas atomistas de autores como Demócrito y Epicuro), la teoría de la 'contractura meníngea' de Baglivi (supuestamente, las meninges se implicarían en la producción de enfermedad mental, intentándose siglos después la inoculación de meningitis a enfermos psiquiátricos para volver las meninges a su 'estado natural'). Se empiezan también a describir enfermedades como la Miastenia Gravis y la Parálisis General Progresiva (producida por el Treponema Pallidum, agente causal de la lepra) y estas enfermedades, que cursaban con alteraciones del comportamiento y llenaban los centros psiquiátricos, pasarán a ser tratadas por neurólogos/infectólogos en los siglos venideros.
Willis explica que la histeria no es una enfermedad uterina (del griego 'hysteros'= útero), sino nerviosa. Este autor realiza también autopsias, adelantándose a la mentalidad anatomo-clínica que reinará en el XIX, intentando localizar las áreas afectadas en los distintos trastornos mentales.
 
En Alemania surge la Escuela Animista de Stahl, que divide al ser humano en cuerpo y ánima (afectada en la enfermedad mental). Se inician toda una serie de teorías psicológicas, y se habla también de una separación de las enfermedades mentales en patéticas (funcionales) y simpáticas (con afectación orgánica.)
 
Surge el atisbo de los tratamientos de choque, reinantes en los próximos siglos, de mano de las teorías 'mecanicistas'. Nos hablan de una incompatibilidad, supuestamente anatomopatológica, entre esquizofrenia y epilepsia, y por lo tanto recomiendan hacer convulsionar al enfermo psicótico para mejorar sus síntomas. La locura, para autores como Mead, es incompatible con otras enfermedades graves. Y por increíble que parezca, perduran aún retazos de estas ideas; hasta hace poco se decía que los esquizofrénicos no padecen cáncer a pesar de ser grandes fumadores (sobra decir que esto es totalmente falso, además de ser puro pseudocientifismo.)
 
Cerrando el s.XVII, Cullen enuncia su teoría de la 'energía o flujo', por la cual la enfermedad mental sería un desequilibrio entre la excitación y el colapso.
 
 

martes, 1 de octubre de 2013

Historia de la psicosis (II)

1. 'Bilis blanca, bilis negra' (S. VII al XI, Época Clásica o Grecorromana:)

Hipócrates y su teoría de los humores va a dominar también la especulación psiquiátrica. Según qué humor predominase, se producirían estas o aquellas patologías. Así, la manía era generada por exceso de bilis amarilla (sustancia caliente y seca), la melancolía iba de la mano del exceso de bilis negra (fría y seca), y la esquizofrenia -a la que Hipócrates llamaba 'desapiencia estúpida'- se generaba por aumento de la pituita (que era húmeda y fría.)

La escuela de Demócrito y Epicuro (escuela Metódica) añadía, sin embargo, una concepción atomista. Somos un conjunto de pequeñísimas partículas en movimiento a través de los canales de la Neumática (escuela de Areteo de Capadocia) o de la teoría Vitalista (Celso), ambas basadas a su vez en gran medida en la concepción humoral.

La terapéutica, como cabe deducir, se encaminaba hacia la eliminación del humor sobrante por medio de hidroterapia, dietas evacuantes y compensadoras.
También se empleaban medidas para invertir la pasión alterada; como el 'salto de Leocadia' (más vulgarmente: baño por sorpresa) y la sugestión mediante 'catarsis verbal persuasiva' (Platón) que derivó en 'catarsis verbal violenta' (Aristóteles). La primera consistía en emplear un discurso 'de contenido bello y armonioso' para conseguir crear una imagen refleja de orden interior y belleza intensa en el alma del enfermo mental, reordenando con esta manera melodiosa de sugestión su 'asimetría psíquica.'
Dada la persistencia de la sintomatología psicótica, Aristóteles comenzó a utilizar discursos que creasen un ambiente de tensión y malestar en el enfermo hasta llevarlo al paroxismo y luego, súbitamente, emplear un discurso y un tono armonioso que devolviese la simetría al mundo interior. Se suponía que el ambiente inicial de tensión emocional creado por el médico facilitaría la expresión de las pasiones e ideas anormales y devolvería el equilibrio.

'Los hombres deberían saber que del cerebro y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa, el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones.' (Hipócrates.)




2. Demonología.
Edad Media:

La Iglesia excluye a la Psiquiatría de la Medicina durante esta etapa, defendiendo que las enfermedades mentales son producidas por brujería y fenómenos de posesión satánica del alma. 'Los locos' eran tratados ahora por inquisidores y exorcistas, infinitamente más expertos que los médicos en materia de Satanás.
Los enfermos eran torturados y quemados en la hoguera de forma masiva, se persigue y sanciona cualquier asomo de mentalidad científica. Los epilépticos son especialmente perseguidos, describiéndose las crisis convulsivas como fenómenos de posesión satánica.

Tomás de Aquino defiende que si el alma no es terrenal, no puede enfermar, y la patología mental há de ser el producto de alguna alteración corporal.

Mientras tanto, sigue patente el galenismo y en la cultura árabe, médicos como Averroes y Avicena, así como en la cultura judía (principalmente de mano de Maimónides) se crean asilos para enfermos mentales, recomendándose la calma, la música y la danza como armas terapéuticas.






Historia de la psicosis (I)

Como una pequeña Hitchcock, señalando la casa del terror de 'Psicosis', así me siento al ir ahondando en la historia de esta patología mental. Un viaje apasionante donde -al igual que en la película- se entremezclan lo increíble, lo misterioso, lo bello, lo trágico. Y una reflexión de fondo, que no es otra que la contextualización de todo lo que ha ido ocurriendo; tratamientos que ahora nos parecen alocados les valieron el premio Nobel a algunos de los médicos -en su día- más prestigiosos. Detrás de todo, o al menos de gran parte de ello, estaban las ganas de mejorar las cosas para los enfermos, echando mano de los conocimientos que teníamos. Y es que aunque la historia de la Psiquiatría esté llena de estigma y de tormentas (al igual que la historia en sí -con sus grandes masacres y desgracias- o la historia, por ejemplo, de la ciencia en general; con su buena dosis pseudocientífica e incluso de crueldad) os adelanto que hacía tiempo que no me reía tanto estudiando un tema. Mismamente esta tarde tuve que salir de una biblioteca pública porque no podía contener la risa tras leer algunas frases históricas de los grandes psiquiatras de épocas pasadas.

Como esta, de Leurent (1797-1851): 'Debéis ser para vuestro enfermo una causa que lo hostigue, un hambre que lo mueva; ¡os tomará tirria pero lo curaréis!'

Y, lo desvelo ya, hay un final feliz para esta historia; hemos aprendido, hemos mejorado, los enfermos psicóticos viven mejor y ven en nosotros una fuente de apoyo. El psiquiatra ya no es una figura de represión y miedo, sino más bien alguien que pase lo que pase va a escucharte y no quiere tratarte como a un loco ni como a un ser peligroso; para él eres simplemente un ser humano que está sufriendo.

Sabemos poco, sabemos poquísimo, pero... sabemos tanto. Los últimos 60 años han sido una explosión de descubrimientos y han cambiado radicalmente la vida de los enfermos.

Pero mirar atrás nunca está de menos.

Empiezan para mí los tiempos de sesiones clínicas, mi servicio dedica todos los miércoles exclusivamente a la docencia en Psiquiatría y eso significa que nosotros los R1 preparamos sesiones clínicas con bastante frecuencia.

No me apasiona hablar en público pero siempre es interesante revisar a fondo un tema y extraerle todo el jugo que puedas. 'Historia de la Psicosis' será mi primera presentación, así que al navegar entre bibliografía, me apeteció escribir un poco cada día sobre los pedacitos de historia en los que consigo indagar.

Pero... un momento... ¿qué es la psicosis? Lo voy a describir de manera sencilla; es la pérdida de contacto con la realidad. Una persona que escucha voces o que está convencida de que le persigue un OVNI está sufriendo un proceso psicótico. Y la psicosis no es más que una de las grandes clasificaciones generales que la Psiquiatría hace de la enfermedad mental; en contraposición a la neurosis, proceso donde la persona sufre ansiedad o angustia u otro síntoma psiquiátrico pero mantiene el contacto con la realidad (por ejemplo, en una crisis de ansiedad o en una depresión.) Como leí en algún sitio: 'un neurótico es quien sufre por sus problemas, un psicótico es quien hace sufrir al resto.' Esto no es muy ortodoxo, pero ayudar a entender el concepto.
Psicótico no es lo mismo que psicópata; la psicopatía es un trastorno de la personalidad, que hace que uno sea asocial y carezca de empatía. Lo digo porque a veces crea confusión.

Pues bien, vamos a empezar:



-INTRODUCCIÓN:
'El psiquiatra de los cisnes moribundos del espacio-tiempo':


Mi querido Kraepelin (y digo 'querido' porque de tanto leer sobre sus ideas, ya le considero casi un compañero de piso), gran psiquiatra alemán de finales del XIX y considerado uno de los padres de la psiquiatría genética, de la psicofarmacología y de la psiquiatría científica, estudió especialmente una de las enfermedades psicóticas más importantes: la esquizofrenia.
Se opuso también con fuerza a las ideas freudianas de la época y aunque quiso analizar sus propios sueños (y estudió los trastornos del lenguaje durante el sueño), no recurrió al psicoanálisis como objeto de estudio del cerebro.
Fundó el Instituto Max Plank de Psiquiatría en Munich en 1917 y fue profesor en la universidad de Tartu (Estonia), Heidelberg y Munich.
Se formó también como Neuropatólogo, en el afán de localizar las lesiones cerebrales causantes de la patología mental.
Su padre era maestro de música, actor y cantante. Y Kraepelin era aficionado a todas esas facetas artísticas, dejando a su muerte un puñado de poemas.

Para Kraepelin la esquizofrenia (él usaba el término 'demencia precoz') existía desde siempre y por tanto su evolución era inmutable y persistente a lo largo de la vida de los enfermos. Irreversible. Y así lo había sido a lo largo de toda la historia. Este dogma se extendió a todas las enfermedades psicóticas y era usado como criterio diferencial en contraposición a la mutabilidad de la neurosis.

Luego llegaron otros autores (principalmente Hare y Torrey) y postularon que, al no existir descripciones precisas de la esquizofrenia anteriores al siglo XIX, hay que concluir que la Edad Moderna y la Revolución Industrial derivaron en un brote epidémico de esquizofrenia. Y postularon que la causa de ese brote fue un virus. A día de hoy, sigue habiendo psiquiatras que defienden esta teoría y que se centran en el supuesto hecho de que la esquizofrenia catatónica fue más frecuente a principios del XIX y hoy es la forma más rara de esquizofrenia (por lo tanto el virus causante fue mutando a lo largo del tiempo.)

No obstante esta tendencia es minoritaria, ya que hay escritos incluso de la era babilónica donde se describen síntomas que podrían encajar con una esquizofrenia. La mayoría de los psiquiatras piensan que esta enfermedad ha existido a lo largo de toda la historia. La evolución ha ido ligada al contexto histórico de cada época.




SOLEDAD (Emil Kraepelin):

Suavemente, a este rincón, descienden las sombras del ocaso.
El día va hundiéndose en un gris profundo.
Un leve escalofrío que sobresalta el corazón.
El tañir de la campana al fin de la jornada.
Negro el firmamento pero niebla de plata lo hilvana

entre las finas ramas desnudas de los árboles
mientras la gigantesca metrópolis ruge, muy cerca.
Sus luces y sus llamas relumbrando cual fiesta
que enciende en el alma el deseo de anhelar.
¿Dónde está el refugio acogedor que añoro?
Al invadirme el alivio del día concluido.
La muchedumbre y su rumor me circundan
cual borrasca tonante que pulula y que brama.
Soy un forastero en medio de esta tormenta,
una muralla de ventanas brillantes mudas en torno a mí.
Y la marea de lágrimas me asedia súbitamente
como un autómata, me sorprendo, errabundo.
Entre los moribundos cisnes del espacio y del tiempo.
Cual sol exangüe y yertas también sus alas
Así, pesadamente, baja y me envuelve.
La terrible soledad.

viernes, 31 de mayo de 2013

Pasillos blancos.


Una semana de reencuentros; con la reanimación cardio-pulmonar, con las sesiones clínicas, las horas de estudio, el café de media mañana con otros médicos... pero sobre todo de reencuentro con los pacientes y sus seres queridos. En salas de espera abarrotadas, ascensores y pasillos del hospital donde se enfrentan cara a cara con la enfermedad. Muchas personas, todos los días. 
Y esperan, entre el miedo y la esperanza, ese 'veredicto' que emitimos a veces sin llamarles por su nombre o sin mirarles a los ojos. Porque tenemos prisa y porque nos pagan mal, porque hemos tenido una guardia horrible o una discusión a primera hora.

Antesala de endoscopia, 7:15 de la mañana. Personas que caminan de un lado a otro cabizbajas y personas que se sientan a esperar mientras abren y cierran varias revistas, intentan entretener la mente leyendo los carteles que decoran la pared, y llaman por teléfono para decir que están tranquilas. 
'Todo va a salir bien', 'tú no te preocupes', 'ya verás como no es nada'. Conversaciones entrecruzadas que escucho cada mañana mientras recorro pasillos y ascensores ya con la bata puesta; los bolsillos llenos de libretas, tablas de posología, un fonendoscopio aún impoluto, bolígrafos que promocionan Risperdal Consta.

Sala de espera en un ambulatorio, donde me siento a las 7:45 y veo a la gente que va llegando. Saludan y toman asiento, pero se levantan varias veces, ojean volantes médicos, pasean por el pasillo, miran alrededor. Muchas de estas personas vienen nerviosas al médico, como también nosotros mismos -más aún siendo tan hipocondríacos como somos- iríamos angustiados y con muy mal cuerpo a recoger el resultado de unos análisis sospechosos o de una biopsia hecha a toda prisa para confirmar algo que tememos mucho.

Y sin embargo, la alienación es un hecho y después de dos semanas ya la he vivido por momentos. Las torres de historias clínicas amontonadas, las consultas a contrarreloj, las salas de espera abarrotadas, las constantes noticias sobre recortes en Sanidad, el servicio de urgencias donde a penas consigues cruzar el pasillo sin tropezar con decenas de personas, la burocracia administrativa, ordenadores que se congelan y montones de anotaciones para no olvidar.

Alguien debería recordarnos cómo se ven las cosas ahí, al otro lado del fonendoscopio. Habría que sentarse de vez en cuando a escuchar las conversaciones de esas antesalas hospitalarias, a mirar las caras de las personas que esperan. A recordar que detrás de un número de historia hay alguien que quizás haya dormido mal pensando en qué pasará en nuestra consulta y que ha llamado a casa para decir que está tranquila. 

Una inyección de realidad.


http://mywifesfightwithbreastcancer.com/ es un reportaje fotográfico de 'la batalla que no elegimos', donde un marido fotógrafo cuenta la historia personal de su mujer en la dura lucha contra el cáncer de mama. Con el fin de hacernos ver a todos qué se siente de verdad al otro lado. Es un testimonio desgarrador.

He tropezado también con 'Hacia el amanecer', una novela de Michael Greenberg que aún no he tenido tiempo de terminar, pero que cuenta de manera transparente y sincera la visión de un padre que se enfrenta al primer episodio psicótico de su hija con trastorno bipolar. Me gustó que estuviera en la sección de Psicología y Psiquiatría de la biblioteca de mi hospital; me parece de lectura obligatoria para todos los que trabajamos con esta esfera de la enfermedad.

Aunque Greenberg es un periodista cultivado y deja claro que ha leído mucho sobre temas psiquiátricos, un padre espera que un episodio maníaco sea una especie de 'locura de adolescencia' que se pasará mañana tras una noche de descanso. Que su hija volverá de repente a ver el mundo como lo veía antes, que las plantas de ingreso psiquiátrico son para otro tipo de personas (nunca para una hija, un padre, o uno mismo. Nunca para una persona querida). Y el estigma social contra una Psiquiatría que carga aún con el bagaje de siglos y siglos de pseudociencia. El pavor a un tratamiento antipsicótico; ese tipo de medicación que prescribimos a diario y que nos resulta lo más normal del mundo, pero que para el paciente y sus seres queridos es un secreto de sumario. Es casi un insulto. 

'El 5 de julio de 1996 mi hija se volvió loca. Tenía quince años y su desmoronamiento marcó un momento crucial en la vida de ambos. 'Me siento como si estuviera viajando sin parar, sin ningún sitio al que volver', dijo en un momento de lucidez, mientras se dirigía a algún lugar que yo no era capaz de soñar o imaginar. Yo quería agarrarla y hacerla regresar, pero no había retorno.
De repente, toda posible comunicación entre los dos se había desvanecido. Parecía imposible. Ella había aprendido a hablar conmigo; había oído sus primeros cuentos de mí. Y, sin embargo, de la noche a la mañana nos habíamos convertido en unos extraños.

Mi primer impulso fue echarme la culpa. Como era previsible, traté de averiguar los errores que había cometido, en qué le había fallado; pero eso no era suficiente para explicar lo que había pasado. Nada lo era. Durante un tiempo deposité mis esperanzas en los médicos, y entonces comprendí que, aparte de la relativamente estrecha realidad clínica de sus síntomas, los doctores apenas sabían más de su enfermedad que yo. Los mecanismos que subyacen en las psicosis, descubriría, siguen estando tan envueltos en el misterio como lo han estado siempre. Y aunque esto dejaba pocas esperanzas inmediatas de curación, indicaba secretos más hondos.

Es una especie de sacrilegio hoy en día hablar de la locura como si fuera algo menos que la enfermedad química cerebral que es a cierto nivel. Pero había momentos con mi hija en que tenía la angustiosa sensación de estar en presencia de una rara fuerza de la naturaleza, como una gran ventisca o inundación: destructiva, pero a su manera también asombrosa [...]'


La mayoría de la gente no sabe qué es realmente el trastorno bipolar, piensa que consiste en llorar y en reírse a la vez o en alternar durante el día. Es un diagnóstico misterioso cuanto menos, por eso es fundamental educar a las personas que están cercanas al paciente para que sepan reconocer las distintas fases y prevengan así recaídas graves. No puede haber adherencia terapéutica en estas enfermedades, mientras no enfoquemos nuestros esfuerzos a explicarlas y a hacerlas más tangibles, molestándonos en resumir brevemente qué hace la medicación que se prescribe. La gente cree que el fín de toda medicación en Psiquiatría es sedar y 'dejarte vegetal', con lo cual hay todavía una creencia popular que desconoce la existencia de medicaciones ni remotamente selectivas o que puedan actuar sobre la química cerebral.

He estado leyendo sobre historia de la Psiquiatría, es nuestra primera lectura recomendada y realmente llevamos menos de un siglo de historia científica. No fué hasta los años 50' que empezaron a utilizarse los psicofármacos con ventajas terapéuticas en los diferentes trastornos. La historia de la Psiquiatría es la historia de la concepción mágico-animista, de la demonología, de la tortura como liberación del alma perturbada, de la brujería, de la 'asociación libre' en el diván de Freud, de los enfermos encadenados y aislados del mundo.

Y esos enfermos, que han existido siempre y a los que la historia ha torturado tanto, siguen enfrentándose a una problemática social que muchas veces los derrumba: desempleo, aislamiento, burlas, mendicidad, abandono.
Hoy he visto a una persona bastante joven, con una hipoacusia severa en ambos oídos (el otorrinolaringólogo ya ha verificado que es corregible con audífono) que intenta superar un episodio depresivo mayor con síntomas psicóticos, estando aislada del entorno por esa barrera que se le presenta encima. No tiene recursos económicos para pagarse al menos un audífono, y no hay ayudas que puedan echarle una mano. Otro paciente había perdido su trabajo, el contacto con su familia y el piso donde vivía. Varias personas vivían en entornos totalmente desestructurados donde varios parientes son enfermos psiquiátricos o abusan de algún tóxico y donde es grave la falta de ingresos. 

Por eso el papel social de la Psiquiatría es inmenso y parte de nuestro trabajo. Se han cerrado los manicomios, yo creo que con buen criterio, pero estas personas necesitan soporte social para seguir con sus vidas. Su rehabilitación no pasa por ingresos aislados y medicación como única arma; por eso los dispositivos asistenciales tienen que llegar a sus casas, hay que proporcionarles opciones laborales y judiciales, actividades de ocio y psicoeducativas, la posibilidad de interacción social. No tratamos cerebros, tratamos mentes -cerebros que interaccionan con el entorno-, por lo tanto nuestra labor va más lejos.

'Para ocuparse de los 'locos' se ha necesitado siempre de una ciencia que pudiese penetrar donde las ciencias naturales no podían: el universo de la mente humana'

-F. Alexander en 'Historia de la Psiquiatría', 1970.




sábado, 25 de mayo de 2013

Diario de la primera semana.

-19 de mayo: Mudanza. 

Con el coche hasta arriba, parto hacia mi nueva casa. Sentimientos cruzados de euforia y culpa; por la emoción de lo que se avecina, lo primero; lo segundo por dejar a la familia.

Abrir cajas, ordenar ropa, llenar armarios, hacer listas de cosas prácticas que comprar, llenar la nevera, aprender a usar todos los electrodomésticos (mi casera me facilitó unos manuales de instrucciones de la Edad Media.)

Toda una lista de tareas para inaugurar una semana en la que me sentiré así; en una lista continua, navegando entre listas.

Muchos nervios. Duermo poco y duermo mal. ¿Qué pasara mañana?


-20 de mayo: Primera toma de contacto

Llevo los papeles para firmar el contrato, subo y bajo de un hospital a otro (trabajo en un 'complejo hospitalario' y Psiquiatría tiene hospital proprio). Conozco a mi tutor, que me da buenas vibraciones por parecer un tipo amigable y cercano, y no el típico 'señor doctor'. Me da la bienvenida, pero mi co-R no se pasa por allí y como no quiere repetirse dos veces, me cita para el día siguiente.

Conozco a algún otro adjunto, los residentes me enseñan el hospital y me gusta mucho lo apacible que es y que parece bien organizado (además es un edificio nuevo, y en un paraje incomparable.) Por fin los enfermos mentales no se aislan en barracones hospitalarios, sino que se integran en un lugar tranquilo con un jardín bastante bonito donde dar paseos y muchas actividades en el hospital de día.

La enfermería me pareció muy motivada y creo que saben mucho de Psiquiatría (la lección sobre los efectos extrapiramidales y Akineton que escuché de manos de una enfermera me pareció muy técnica y muy precisa.)



Un residente me enseña la planta de agudos; un sitio protegido, obviamente, por cristales blindados en todas las ventanas y por cámaras de seguridad. No obstante, no hay un bunker-enfermería, como suele haber en muchas plantas psiquiátricas.
Más tarde, mi tutor decía que cuantas más barreras le pones al enfermo, menos va a mejorar, y que ya está bien de esconder a los pacientes tras la alambrada.

Hago muchas preguntas a los residentes; sobre rotatorios, guardias, relación con los adjuntos, estructura del servicio, cuestiones de especialidad, et cetera. Y me da todo buenas vibraciones. Veo que se apuntan para congresos y que muchos imprimen artículos sobre nuevos fármacos, que hablan de publicaciones y de organizar rotatorios de R4 a Londres y a Nueva York.

Todo está informatizado y los ordenadores no parecen de hace un siglo, a los pacientes se les llama por su nombre y se les conoce muy bien, tanto entre psiquiatras como entre auxiliares, trabajadores sociales, enfermeros, psicólogos, et cetera (cómo, dónde, con quién viven, cuál es su situación laboral...) Y esa es una de las cosas que más me gustan de la Psiquiatría, que es muy social y muy humanitaria.

Veo la sala donde se administran los inyectables, sobre todo a pacientes con esquizofrenia y vuelvo a experimentar curiosidad por qué les está pasando, compasión al ver que algunos lo siguen pasando mal a pesar de un tratamiento duro. Lidiar con una enfermedad mental, creo yo, es uno de los peores sufrimientos.

Veo que se organizan talleres (de nutrición, de costura...) en el hospital de día. 

El residente me lleva a tomar un café con dos enfermeras, siento que hay buen rollo entre ellos aunque no sé cómo integrarme en su conversación y sólo bebo el zumo, asintiendo de vez en cuando...

Conozco la ciudad un poco más y creo que no podría haber tenido mucha más suerte en este aspecto: un paisaje privilegiado, mi calle está cerca del hospital pero a la vez está cerca de casi todo, me hago un trozo de paseo marítimo, voy al centro...

Pido el pijama y la bata a medida.

-21 de mayo: Firma de contrato

'Firma aquí y aquí y aquí', y me lo quitan de las manos. Así que ni lo leo. Pero ya está, he firmado el contrato y la verdad es que no he tenido ni tiempo de sentir gran cosa. 
Mi tutor nos lo explica todo y nos lleva de paseo por el hospital, presentándonos a los jefes de servicio de urgencia, medicina interna, neurología, etc.

A mi piso lo bautizo como 'faro de luz' y me quedo un buen rato mirando el colorido de las ventanas por la noche; verde, amarillo, naranja... 


-22 de mayo: Acto de bienvenida

Lo mejor fueron los pinchos y los libros que nos regalaron (un compendio de casos clínicos, el Medimecum y una guía de urgencias hospitalarias de lo más práctica, la guía docente de nuestra especialidad, un manual con toda la información sobre el hospital...)


-23 de mayo: Planta de agudos de Psiquiatría

Sesión clinica a primera hora.
Un R4 me enseña el servicio a fondo y me empieza a explicar todo el sistema informático, pasamos consulta juntos y nos encontramos un caso de TOC, un trastorno límite de la personalidad con abuso de drogas, un síndrome confusional en un anciano con trastorno bipolar de base y un chico con esquizofrenia paranoide.
Seguidamente, paso consulta con un adjunto y entrevistamos a un paciente con una esquizofrenia paranoide de décadas de evolución; el hombre está muy deteriorado mentalmente y ha descuidado mucho la higiene personal. Desmenuzamos juntos la entrevista clínica y me explica muchas cosas que ya ni recordaba. 
Llego a casa bastante eufórica y me doy un largo, larguísimo, paseo por la playa.


-24 de mayo: Unidad de Interconsulta y Enlace

Otro adjunto encantador me explica muchas cosas interesantes y visitamos a varios pacientes en el hospital general. El primero es un hombre que está en el módulo de reclusión por haber atacado a algunas personas (por suerte, nada grave) en una fase psicótica de su esquizofrenia paranoide, tras una baja adherencia terapéutica. La segunda es una mujer con delirium tras un transplante de páncreas... llegamos en un momento cuando está bien orientada pero nos avisan porque había estado gritando y muy agitada en una de las fluctuaciones del síndrome confusional. Más tarde hacemos una primera consulta a una mujer con historia personal de episodios depresivos, ingresada ahora tras un incendio en el hogar (descartamos ideación autolítica y le hacemos una exploración psicopatológica).
Vamos a la UCI cardíaca a visitar a un paciente tras una cirugía de reparación valvular; había tenido un síndrome confusional tras la gran pérdida sanguínea que surgió de imprevisto durante la cirugía (una anomalía inesperada en la adhesión plaquetaria) pero ya se encontraba bastante mejor, por suerte.


Así ha sido el inicio de la zambullida en los mares de la Psiquiatría y del inicio de mi residencia. La próxima semana estaré en una Unidad de Salud Mental y haciendo un curso intensivo de RCP que supongo que no me vendrá nada mal para mis (vertiginosamente cercanas) guardias de puerta.








viernes, 24 de mayo de 2013

A la orilla



Esta semana ha sido larga; una vorágine, vaya. Y es que parece que han pasado semanas desde que mis padres se fueron y me quedé sola en la que ya siento que es mi nueva casa. Los días se han ido sucediendo a modo de listas; listas de cosas que hacer, de requisitos burocráticos que solucionar, de colas, de servicios y plantas en el hospital, de gente nueva, de bibliografías, de pequeñas cosas que comprar para la casa, de nuevas rutas...

Tambaleándome entre el vértigo y la euforia he llegado hasta el viernes, y lo que sí es cierto es que me he sentido médica y al otro lado de la orilla. De alguna manera he cruzado una barrera mental que hace que haya hecho borrón y cuenta nueva; ya no me sorprendo cuando me llaman 'doctora', he dejado de pensar en el MIR y en la facultad. Siento que esta es mi vida y es lo que durante mucho tiempo he querido que sea. Veo oportunidades de aprender, de aprender de verdad, en cada cosa.

Me he levantado a las seis de la mañana, he dormido poco y mal, me he cabreado con la burocracia, he sentido que no sé nada, no he sabido cómo enfrentarme a los pacientes que se me acercaban en la planta, he pasado muchos nervios, he estado sobresaturada y perdida en los laberintos de mi hospital.

Y todo ha merecido la pena; lo que he sentido al volver a vivir una entrevista psiquiátrica ha sido mejor de lo que esperaba, he disfrutado el día de docencia y he recordado lo apasionante de esta especialidad donde cada descubrimiento nos acerca un poco más a entender ese enigma que es el cerebro . Me he emocionado desde el primer día, cuando mi tutor nos contaba que terminó siendo psiquiatra tras contemplar a los enfermos encerrados detrás de las alambradas.


La Psiquiatría, parte de la Medicina que muchos consideran menos importante o que quizás olvidan, es una de las especialidades más humanistas. Acercarse al paciente, comprender cómo vive, cómo piensa y cómo ve las cosas es fundamental; y eso me llena más que nada. 

Me gusta también que en mi servicio todo el mundo, antes que psiquiatra, se considere médico. Y que se fomente la formación en Medicina Interna o en Urgenciología. Además de un enfoque muy paralelo a la Neurología, servicio que trabaja de forma bastante cercana a los psiquiatras y que la jefa de servicio dijo considerar como una unidad; 'porque tratamos el mismo órgano, al fin y al cabo, y no podemos separar una cosa de la otra.'

Por contra, he descubierto que esta es una especialidad más 'endogámica' de lo que pensaba; mucha gente viene de familias donde varios miembros son psiquiatras. Y eso para los médicos 'sangre sucia', como una servidora, complica un poco las cosas. Supongo que se debe a lo desconocida que sigue siendo la especialidad; quizás quien lo ha vivido desde la infancia aprende a apreciarla y se decide por ella.

En todos los servicios hay pros y contras; al principio todo el mundo parece encantador, la organización parece mejor de lo que muchas veces es en realidad, el ambiente es menos tenso de lo que luego sale a flote. Por conversaciones en cafeterías y alguna que otra sutileza, he visto que no todo es perfecto y por eso no quiero escribir un post idealizado sino uno realista. Todo el mundo ha sido amable conmigo, ha intentado enseñarme todo lo que ha podido, me ha dejado preguntar hasta la saciedad, me ha deseado lo mejor. Sin embargo, no existe grupo humano donde todos congenien con todos y a partir de ahora habrá que aprender también a trabajar en equipo y a tantear el terreno para que el ambiente de trabajo sea siempre el mejor posible. Al menos, por intentarlo que no quede.

Esta semana he estado en mi servicio, rotando en la Planta de Agudos y en la Unidad de Interconsulta y Enlance. La semana que viene hay un curso de RCP al que dedicaremos casi todo el día de lunes a jueves, y el viernes rotaré en una Unidad de Salud Mental.
El día 3 de junio comienzan mis rotatorios oficiales para los próximos meses;

- 4 meses en Medicina Interna.
- 1 mes en Neurofisiología y Neuro-radiología.
- 2 meses en Neurología.
+
- 8 meses de guardias 'de puerta', de los que los dos primeros serán tutelados por un residente mayor.


Y como cada tarde, toca quitarse los zapatos y mojar los piés en el agua. 
Porque hemos llegado a la orilla y ya sólo queda la zambullida. 

sábado, 18 de mayo de 2013

Mariposas en el cerebro.




Maletas, bolsas de viaje, cajas de cartón, un maletín, bolsas de plástico, una mochila, un neceser viejo. Todas mis cosas que, apiladas, esperan a ser abiertas en un nuevo rincón que durante los próximos cuatro años será mi hogar. Quise que la Psiquiatría me brindase la oportunidad de empezar de nuevo en una ciudad distinta; dejo atrás las calles que rodean a mi universidad, las escaleras al hospital donde por primera vez vestí la bata blanca, las caras conocidas, la que hasta ahora había sido mi vida. 

El sabor de boca agridulce de lo conocido y toda la ilusión de las aventuras.

La emoción a flor de piel, porque he conseguido mi sueño; voy a formarme en un campo que lleva años pareciéndome apasionante, voy a estar con las familias y con los pacientes, voy a empezar a ser lo que realmente quiero ser. El sacrificio ha sido inmenso; tantas noches de insomnio por exámenes muchas veces injustos, tantos momentos de ansiedad y de 'lo dejo', cajas y cajas de apuntes subrayados de multicolor y libros de texto. 

Y en mente tengo a muchas personas que fueron, aunque fuese por un rato, pacientes míos. Personas que me dejaron que las explorase después de que múltiples médicos las hubiesen explorado, me ayudaban a completar su propia historia clínica ('pregúnteme si tengo contacto con animales, doctora, que los médicos más mayores me lo preguntan todas las mañanas'), que me daban pistas mientras los auscultaba ('me dijeron que tengo un soplo', 'yo es que tengo el EPOC ese, hija', 'de joven tuve una tuberculosis y se me escuchan todavía las heridas si pone el aparatito algo más arriba'.)

La verdad es que no soy muy filántropa, ni tampoco suelo ser demasiado optimista, pero sinceramente los pacientes nunca me han dejado mal sabor de boca. Terminé la carrera con la idea de que las personas enfermas son agradecidísimas; suelen darte las gracias todo el tiempo, no quieren molestar, cuando eres estudiante te desean lo mejor en los estudios e intentan que ganes puntos con tu adjunto supervisor con comentarios del tipo; '¡qué médica tan buena, póngale la mejor nota!'


Recuerdo múltiples anécdotas. Una mañana, en Oftalmología, hubo una chica que estuvo un buen rato extra en la consulta para que yo aprendiese a diagnosticar una retinopatía diabética. El oftalmólogo que me supervisaba en prácticas era encantador y me lo explicaba todo (¡eso pasa muy poco!), así que me describía lo que había visto y luego me pasaba el oftalmoscopio para que yo intentase llegar al mismo diagnóstico. Con esta chica no hubo manera de ver los microaneurismas y los exudados algodonosos, y eso que no estamos hablando precisamente de minucias que requieran de un ojo clínico fuera de serie. ¡Es que yo no sabía ni enfocar bien el aparato!

Cuando el oftalmólogo me preguntó qué había visto, no pude mentir y dije: 'pues... no mucho', a lo que la chica respondió que me tomase mi tiempo y que lo más importante era que aprendiese bien aquello porque muchos médicos decían saber las cosas sin fijarse y luego los pacientes tenían que pagar caro sus despistes o su falta de interés.

Me acordé mucho de ella cuando nos pusieron una imagen de retinopatía diabética en la parte práctica del examen de oftalmología.



La planta de Geriatría era especialmente agradecida; los ancianitos eran más que agradables con todos los estudiantes si te molestabas en escucharles un rato y en explicarles un poco sobre sus problemas. Yo llegaba al hospital temprano porque estaba un poco lejos de casa y al ir andando siempre calculaba mal el tiempo, pasándome de exagerada con las prisas. Me asomaba a saludar a los pacientes que había historiado el día antes y te trataban como si fueses una eminencia. 

'¡Tengo la doctora más guapa y más lista, y tan jovencita!', les decían las señoras a sus familias.

Pero yo en realidad, a duras penas conseguía esbozar una historia clínica más o menos completa, o diferenciar un soplo aórtico de un soplo mitral. Y es que realmente, lo que hace que un paciente confíe y se sienta bien contigo como médico, es que le mires a los ojos cuando le hablas y que sepas su nombre, no solamente su número de habitación o el nombre de su patología.

Los pacientes son María, Antonio o Juan. No son 'el de la 357A' ni 'varón, 60 años, cardiopatía isquémica' (que así se les llama muchas veces en las plantas hospitalarias.)



En el servicio de Ginecología y Obstetricia (prácticas que realicé en un hospital belga, de habla flamenca) me dejaron pasar consulta sola en revisiones de embarazadas, de forma bastante activa. 
Muchas mujeres hacían el esfuerzo de hablar en inglés para que pudiese seguir con todo detalle la consulta, dejaban que nuevamente (mi adjunto les había pasado consulta antes) les tomase el perímetro abdominal, la tensión arterial, realizase puñopercusiones renales, me iniciase en la ecografía fetal...

Como ví que bastantes parejas preguntaban por cuestiones como el funcionamiento de la ecografía (por miedo a los riesgos fetales) y de las pruebas de cribado del primer trimestre, estudié esos temas para las prácticas y disfrutaba escuchando sus preocupaciones sobre ellas y transmitiéndoles un poco de tranquilidad. Se están perdiendo, en general, estos gestos en las consultas... pero a pesar de la carga asistencial, del estrés y de los recortes, se siguen viendo médicos muy entregados en este aspecto y de ellos he aprendido.



En Medicina Familiar y Comunitaria aprendí, nuevamente, la importancia de transmitir y de escuchar. Muchos diagnósticos se retrasan largo tiempo por no haber indagado un poco más en aquel síntoma que el paciente mencionó de refilón cuando vino a consulta por otra causa. 

Los pacientes se dejaban explorar una y mil veces, respondían a las mismas preguntas que mi médico les había hecho antes cuando volvía a pasar consulta yo sola, me mostraban otra vez un liquen plano o un rash cutáneo o una cicatriz de colectomía. 

Como ya por entonces estaba muy interesada en la Psiquiatría, mi médico les pedía a todos los pacientes con historias de ataques de ansiedad, episodios depresivos, fobias de cualquier tipo, insomnio o cualquier otro problema relacionado con el ámbito psiquiátrico, que me describiesen los síntomas que tenían o habían tenido y cómo había sido la evolución con el tratamiento. 
Me dí cuenta de la importancia de la Salud Mental en Atención Primaria, no son meras estadísticas teóricas, hay un porcentaje muy importante de casos con patología psiquiátrica y el médico de familia tiene que aprender mucho sobre estos temas ya que el manejo de los episodios leves corre por su cuenta y tiene que aprender también a derivar a los casos graves (a base de entrenarse en la entrevista psiquiátrica.)



Los paciente oncológicos en el servicio de Otorrinolaringología me conmovían a diario por su lucha personal, por su manera de afrontar las cosas, porque eran capaces de regalarme lo mejor de sí en las consultas para que yo aprendiera, por su agradecimiento a todos los médicos y por su confianza.

Era increíble poder decirle a alguien que se había curado, que poco importan las estadísticas sobre su tumor y todos los riesgos que ha asumido, que todo está bien y que los resultados son perfectos. Eran momentos de mucha emoción y los pacientes no sabían cómo agradecer todo aquello.
Fueron muy amables conmigo, en los momentos buenos y en los malos, y yo solamente estaba allí aprendiendo lo básico sobre la exploración otorrinolaringológica.



En Cirugía General y del Aparato Digestivo, prácticas donde mi único consuelo eran las consultas externas (la organización del servicio era bastante caótica y en quirófano no veía casi nada). 

No es precisamente agradable que una estudiante aprenda contigo a hacer un tacto rectal, menos aún cuando vienes nervioso a recibir los resultados de las pruebas de seguimiento tras una colectomía por un cáncer de colon. Pues aún así, todo el mundo me dejó aprender y fué muy amable conmigo.

No estaba yo precisamente boyante en cuanto a exploración abdominal se refiere, tampoco. Mi adjunto me regañaba porque 'no tenía arte', pero los pacientes le contestaban que nadie nace aprendido y que además no les había hecho nada de daño. Se lo agradecí mucho.



Y por supuesto, en Psiquiatría; por muy estigmatizados que estén los enfermos mentales, a más de uno le sorprendería ver que suelen comportarse bastante mejor que las personas supuestamente 'cuerdas'.

Recuerdo un día en el que cruzaba el pasillo para buscar unos historiales médicos en el cuarto del fondo, era uno de mis primeros días en la planta de Psiquiatría, y tenía miedo porque iba yo sola y los pacientes pululaban de un lado a otro o se sentaban a las puertas de aquel cuarto.
Según me acercaba, veía que no me quitaban ojo y que empezaban a levantarse y a caminar en dirección a mí. Pensé; 'ay dios, la que me espera...' y cuál fué mi sorpresa cuando esas supuestas bestias despiadadas empezaron a darme los buenos días y a preguntarme por el esguince de pié que había tenido mi adjunta la semana pasada.



Con todo esto no pretendo idealizar a los pacientes; son personas, como tú y como yo (que también somos o seremos en alguna ocasión pacientes). Hay buenas y malas personas, gente amable y gente desagradecida, pero no puedo negar que mi experiencia durante la carrera fué mayoritariamente positiva. Los días que llegaba a casa quemada, enfadada o llena de rabia tenían su causa en ciertos adjuntos prepotentes y en incompetencias sobre todo burocráticas que me parecían sangrantes en el día a día de un hospital.

También, de vez en cuando, por algún compañero de clase que se preocupaba solamente por conseguir las mejores notas y no tenía interés por los pacientes o por aprender cualquier cosa 'que no cae en el examen'. No condeno esta forma de hacer las cosas, cada uno es libre de elegir lo que quiera, pero reconozco que insulta de manera directa a mis ideales para hacer Medicina. Los pacientes no son preguntas de respuesta múltiple acertadas, matrículas de honor o listas de síntomas. Admiro a quien se centra en la excelencia académica, pero no nos olvidemos de nuestra labor real; cuidar de personas.

Es cierto que los pacientes te demandan en algunas ocasiones, que las familias protestan y se muestran desagradecidas, que son a veces incomprensivos con la demanda asistencial de los médicos... pero, pese a todo, sigo pensando que la gran mayoría de la gente está contenta con un médico cercano, humano y que hace las cosas bien.

Y eso es en lo que aspiro a convertirme.

viernes, 17 de mayo de 2013

4 días.


Lo que durante ya mucho tiempo fué una expresión sin más; 'ánimo, que te quedan cuatro días para ser médico' es ahora pura realidad: el lunes empieza esta nueva etapa. Y es que aunque el resguardo del título de licenciada lleve en un cajón desde hace algo más de un año, no me he sentido médico hasta hace muy poco. 

Para mí ser médico es estar con los pacientes, directa o indirectamente (en los laboratorios, por ejemplo, se ayuda mucho a los enfermos) y hasta ahora mi supuesta condición de médico sólo me permitía ejercer como parte del mobiliario durante las largas horas de estudio. 
Hace más de un año que no entro en un hospital para -aunque muchas veces fuese sólo una observadora- acercarme a las cabeceras de las camas y revisar historias clínicas.
Para sumergirme, en definitiva, en lo que va a ser el día a día de mi vida laboral. Algo que llevo esperando desde antes de empezar la carrera; desde que supe que quería dedicarme a ayudar a personas enfermas.

Y me siento afortunada de poder decir que, independientemente de cómo sean las cosas durante la residencia, voy a dedicarme a lo que me gusta. En estos tiempos de precariedad laboral, la gran mayoría de la gente se ve obligada a ejercer una profesión que realmente no le interesa. No quisiera parecer soberbia, es una cuestión individual, pero para mí esta es la profesión más bonita; tenemos el privilegio de acercarnos al dolor de las personas y de intentar al menos ayudarlas con nuestros conocimientos. Y también, sencillamente, siendo humanos.


La medicina es una profesión, pero es también -para el que disfruta ejerciéndola-, una forma de vida. Estudiar cómo funciona el organismo y cómo enfermamos, cambia totalmente tu manera de contemplar las cosas; la existencia es frágil, es efímera... ¿de verdad no sientes que ayudar a los demás es lo que más gratifica? Bajo condiciones injustas e inexplicables todavía, billones de personas nacen y mueren, y tienen que enfrentarse a la vejez, a la enfermedad, a la pérdida de un ser querido, al dolor y a la miseria.
El médico puede acompañarlas y puede, aunque sea, repartir una pizca de justicia; en mis consultas todas las personas tendrán los mismos derechos y obligaciones, el mismo acceso a conocimientos médicos, el mismo trato humanitario. No importa cuál sea tu trabajo, tu nivel de ingresos, el color de tus manos. Por eso pienso que es tan importante seguir luchando por un sistema sanitario público; no caigamos en la crueldad de hacer de la medicina un arma más de injusticia social y de negocio.

La sanidad no es un bien de consumo, es un derecho. Todo el mundo debería tener acceso, y con esto me refiero también a los países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Y pienso que nosotros los médicos tenemos si cabe una obligación mayor en este aspecto; tanto en lo que a concienciación social respecta, como en cuanto a ayuda activa. Nuevamente, esto es más un privilegio que una obligación forzada.

Muchas personas, a lo largo de la historia, se han implicado en estas cuestiones y han ido cambiando la mentalidad de la sociedad sobre las labores humanitarias y la necesidad de un acceso universal a la sanidad. Pienso por ejemplo en Albert Schweitzer, filósofo alemán del s.XX que abandonó su posición acomodada para estudiar medicina y trabajar como médico en Gabón (África), donde fundó un hospital para enfermos de lepra. Nos dejó, también, frases como estas;


-'No sé cuál será su destino, pero hay algo que sí sé: los únicos entre ustedes que serán realmente felices son los que han buscado y encontrado el modo de servir.'


-'Humanitario consiste en nunca sacrificar a un ser humano con nuestro propio egoísmo.'

-'Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.'

-'Siempre he celebrado con firmeza la idea de que cada uno de nosotros puede hacer algo para disminuir la miseria.'

-'El éxito no es la clave para la felicidad. La felicidad es la clave del éxito. Si le gusta lo que está haciendo, usted será un éxito.'



Acabo de recibir mi primera revista del colegio de médicos.
Allá vamos.